SLIDER

A.


Hay personas que recuerdan a las estrellas: frías y distantes si se observan desde la lejanía, calurosas y llenas de luz cuando uno se acerca… si bien (y de esto Ícaro es testigo) pueden llegar a ser mortales si uno no resiste la tentación. Otras personas, sin embargo, hacen a uno pensar en los planetas: tan llenos de posibilidades, tan increíbles, y aun así trazando siempre la misma órbita, atados por unas cadenas invisibles de las que no pueden (o quieren) escapar. Personas como cometas, con los que uno cruza trayectoria una única vez, y personas como asteroides, que llegan e impactan y dejan cráteres y agujeros, y tras su paso nada nunca queda igual. Muchas personas son como cuerpos celestes…

… y sin embargo, cuando la vi a ella, recordé todo lo que había aprendido sobre los agujeros negros.

Lo primero que sé sobre ellos (y tal vez sea eso lo que haga a la comparación tan certera) es que apenas se sabe nada aún. Y,lo poco que se descubre levanta más interrogantes de los que contesta, como un foco en una sala oscura que al ensancharse muestra la amplitud de la zona sin iluminar. Cada conversación con ella es como lanzar una piedra a un pozo, y aunque cada vez el golpe llega antes, aún pasan horas y horas de caída al vacío que tal vez nunca consiga salvar.

Lo segundo que sé sobre los agujeros negros es que la luz no puede atravesarlos. Ojalá pudiera. Ojalá mandar una expedición hacia ella, con mil antorchas (o mil linternas) y salvarla del vacío y de la oscuridad.  Parece tan oscura, tan temible… pero luego recuerdo los dos ojos verdes, como dos estrellas, y me hacen pensar en las trampas que dibujan las mariposas en sus alas para parecer más grandes y peligrosas, en un desesperado intento de aparentar, de camuflar su cuerpecito frágil y pequeño, tan indefenso.  Ahí es cuando recuerdo que los agujeros negros vienen de antiguas supernovas. Ojalá haberla visto brillar. 

Lo tercero que sé es que los agujeros negros atraen todo lo que se encuentra cerca. Planetas, estrellas, galaxias enteras se ven empujadas, lenta pero inexorablemente, empujados por una fuerza que supera la que les mantenía en su lugar. Y aunque ella no lo sepa (aunque ella lo niegue) somos muchos los pequeños planetas y satélites que nos hemos visto empujados fuera la órbita a la que llamábamos hogar, y hemos encontrado uno nuevo en este pequeño punto del Universo, un microcosmos de planetas huérfanos y sistemas desparejados que han vencido la soledad del vacío y se han encontrado entre ellos, nuevos compañeros, con ella en el centro de todo. 

Lo último que sé sobre los agujeros negros (y lo que rompe la comparación) es que estos destruyen todo lo que encuentran a su paso, y nada de lo que en ellos entra vuelve jamás a salir de nuevo… por lo menos en el Universo que conocemos. Aquí he de discrepar: cuanto más me acerco, menos en peligro me siento, y lejos de destruirme me ayuda a recomponerme cuando me siento rota. Tampoco culpo a los agujeros negros, ni creo que lo hagan por crueldad: no podrían intentar recomponerme aunque quisieran. El show ha de continuar, después de todo, y la entropía ha de aumentar.

Nos parecemos tanto al Universo del que venimos… al fin y al cabo, estamos hechos de los átomos que se forjaron en el corazón de una estrella, es normal que aún conserven la esencia de aquello que les vio nacer. 

Cuando la veo, no puedo evitar preguntarme si en algún lugar, alguna vez, un planeta y un agujero negro formaron también una inesperada amistad.

- M.

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