El Arte de Soñar
No confío en las hadas.
Porque ellas, como los genios de las lámparas, pueden hacer magia con las manos, pero sobre todo hacen magia con las palabras, y cuando pides algo saben cómo doblar la frase de la manera justa, qué giros retóricos realizar y qué connotaciones ignorar, porque para ellas es casi como un reto convertir los deseos en algo casi irreconocible, lo totalmente opuesto a lo que estaba en la mente de quien lo pidió, aunque viendo la frase que fue enunciada nadie podría decir que ese deseo no se hizo realidad y ellas quedan libres de culpa. Las hadas, como los genios, son traicioneros, tal vez por maldad, o tal vez porque hay algo mágico y electrizante en poder jugar con las palabras. Por eso, cuando me los encuentro, cuando sonríen y me dicen que harán realidad lo que yo pida, no me atrevo a pedir nada.
No confío en las flores, tampoco.
No es que no confíe, en realidad. Es, simplemente, que sé que ellas también son mortales, y su poder es limitado, finito: al fin y al cabo, están hechas de las misma materia que yo, necesitan el mismo agua y el mismo sol, y cuando llega la hora marchitan y caen al suelo para reencontrarse con la tierra, como algún día lo haré yo. Sus brazos se extienden sólo hasta donde se alargan sus raíces, y pedirles que tocaran los bordes del Universo sería simplemente cruel. Por eso, cuando soplo un diente de león y le pido un deseo, no le pido demasiado, porque por mucho que el pobre se esfuerce en ayudarme su alcance sólo llega tan lejos como las semillas que yo hago volar, y me pondría inmensamente triste que el diente de león se culpara de no poder cumplir mis sueños imposibles.
Las estrellas, sin embargo…
Siento que puedo confiar en las estrellas. Son más viejas que el propio tiempo, llevan en el Universo velando por nosotros desde incluso antes de que nosotros mismos supiéramos que éramos algo. Son mortales, lo sé, algún día su combustible se apaga y su luz se acaba, pero si bien sus días son contados son casi infinitos en comparación con los míos, así que a menos que lo uno lo piense demasiado (y eso nunca es bueno a la hora de pedir deseos) casi se podría decir que son inmortales. Y en todo este tiempo que han estado escuchando, han sido total y completamente sinceras, mostrándonos el camino a casa desde la inmensidad del océano, guiándonos en los viajes y haciéndonos compañía en las noches oscuras. Oportunidades han tenido, a miles, de jugarnos una mala pasada; y sin embargo nunca lo han hecho, en todo caso hemos sido nosotros quienes hemos interpretado mal sus bienintencionadas instrucciones. Por eso, en las lluvias de estrellas, cuando sus titilantes luces me sonríen y me dicen que hoy pueden hacer algo a parte de escuchar, hoy sí, a ellas les encomiendo mis sueños más lejanos, mis deseos más imposibles, mis más profundos anhelos.
A ellas las hablo de ti.
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