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Reclamaciones

Tuve, hace muchos años, una profesora muy estricta, que nos obligaba a emplear las palabras precisas, los términos correctos, las letras justas. Y más de una vez nos decía, con la voz seria y alta de quien se sabe el amo, que la poesía no se recita, la poesía se declama. Yo, en esos momentos, me lo creía. Y lo apuntaba en el margen de mi cuaderno, al lado de lo que estuviera escribiendo en ese momento, para que no se me olvidara: una y otra vez, cada vez que lo repetía, y mi cuaderno estaba plagado de pulcras anotaciones de esto y aquello, y entre ellas, recurrente, aparecía esa.

 “La poesía no se recita, la poesía se declama.”

Pero los años, y los ojos, me han hecho sentirlo diferente. Porque los años me hacen mayor, y los ojos me hacen ver y leer, y vivir y sufrir, y la suma de todo me ha hecho pensar, y cuando uno ha pensado y ha pensado bien tiene que decirlo sin titubeos:

No niego que la poesía no se recite. Pero tampoco se declama.

La poesía, si acaso, se reclama.

La poesía es lo que se arranca de las garras de la injusticia. La poesía es ese retal de ropa que se rompe, se desgarra, cuando uno se agarra con todas sus fuerzas a lo que cree correcto y se defiende con uñas y dientes de quien pretende despojárselo. La poesía es lo que se desgarra, cuando uno muerde y araña. La poesía está en la carne viva y las cicatrices, en la mirada de quien no se tiene en pie y aun así se levanta. 

La poesía es lo que queda cuando una guerra está perdida. La poesía se recoge del suelo, de entre la sangre y la metralla, sucia de polvo y de muerte, y se guarda casi como una medalla, como recuerdo de que, en algún momento, alguien luchó.

La poesía es la memoria del loco. La poesía es la prueba de que algo sucedió, cuando los años y el olvido y las malas intenciones quieren borrarlo de la Tierra y de la piedra. La poesía es el grito de las gargantas desgarradas. Son las palabras de quien ya no tiene voz, es el eco que retumba y resuena y agita las conciencias de quienes se paran a escuchar.

Y la poesía es de quienes la necesitan.

Pero ha estado tantos años perdida, disfrazada, engalanada con mordazas de seda y grilletes de oro, atada con hilos como una marioneta para el divertimento de los poderosos, que ha sido robada de aquél que necesita consuelo. Y la poesía ya no se arranca, ni se recoge, ni grita, ni guarda. Ni se recita.

Pero tampoco se va a declamar.


Porque la poesía es nuestra, y hemos vuelto para reclamarla. 

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