Cae el telón
Pero ahora creo que tal vez no eran ellas, sino
la sombra que en la pared proyectaban
iluminadas por la hoguera, al amparo de la noche clara
las risas y las lágrimas que del público arrancaban
los disfraces, los gestos, el sueño,
la historia hecha vida, las palabras hechas magia.
Tal vez no eran las palabras, sino
lo que construían, que me llamaba,
porque ahora que la gente se ha ido, ahora
ya no me queda nada.
Ahora que ya no hay público, ni función
ni teatro, ni nada de nada;
ahora que estamos a solas la tinta, el papel, yo
y las palabras,
se me antojan tan tristes, tan solas,
tan simples, tan llanas
que ya no encuentro siquiera el lugar
donde la magia antes se albergaba
el folio es un folio; y las palabras, letras mojadas
simples garabatos, inertes, muertas,
ni siquiera quedan las cenizas
donde antes ardía la llama.
Siento que el teatro haya cerrado
por las deudas,
por la puerta de atrás, en silencio
sin más lágrimas que la lluvia,
ni más lamento que el quejido
de las viejas glorias pasadas.
Ojalá poder decir que siempre fue
como en los recuerdos,
siempre vivo, siempre ardiendo,
que peleó siempre, hasta el último aliento.
Ojalá decir que tuvo un final digno,
que se fue entre aplausos,
que no murió solo, que será recordado.
Ojalá poder decir que se fue por lo alto,
pero lo cierto es que el sueño murió como había vivido,
solo, con miedo, y en el pasado.
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