Scheherezade
Ojalá poder decir que la Muerte me encontró en una situación más digna.
Ojalá poder decir que me encontró en una batalla: entre la pólvora, la sangre y la metralla, luchando hasta el último aliento por aquellos que ya no podían tenerse en pie. Ojalá poder decir que me encontró tras una vida plena, tumbada en la cama, con el mundo ya a mis espaldas, y nos reencontramos como viejas amigas que charlan de glorias pasadas. Ojalá. Pero decir eso sería faltar a la verdad: lo cierto es que la Muerte me encontró de madrugada frente al ordenador, pálida y ojerosa, allá por el quinto o sexto café, peleándome con un párrafo a medio terminar y unas palabras que se negaban a doblegarse y encajar en el hueco al que yo las había destinado, demasiado orgullosas como para relegarse a una frase que, tras el quinto cambio de estructura, seguía sonando simplemente plana.
Debo admitir, sin embargo, que tampoco me sorprendió: llevaba muchos años tratándome poco, queriéndome mal. Demasiado estrés, con la mente siempre tres planos astrales más allá de las necesidades básicas como la comida o el sueño. Recuerdo pensar, en ese momento, que ni siquiera recordaba la última vez que fui al dentista. La verdad, se veía venir. En el fondo, siempre supe que este momento llegaría, y mi rabia no consiguió ir más allá de un breve ‘vaya, pues moriré sin que a esa jodida metáfora no se le vean las costuras’.
Cerré la tapa del ordenador y me froté los ojos. Titubeé, pero finalmente me di la vuelta. Ella estaba sentada en el borde de mi cama, apoyando los pies sin carne sobre mi mullida alfombra rosa chicle. No pude evitar que me hiciera gracia, siempre tuve un sentido del humor un poco peculiar. No solía pensar a menudo en la muerte, pero cuando lo hice supuse que sería una vista más terrorífica, más amenazadora, y no una pequeña figura negra sentada al lado de una vaca de peluche.
Al verla ahí, me di cuenta de que simplemente parecía cansada. Mi trabajo podía ser una mierda, pero el suyo no lo envidiaba.
— ¿Un último deseo?— me preguntó. No tuvo que decirme quién era, ni a qué venía. Se lo agradecí: una cosa es morirse, y otra morirse y que encima te tomen por idiota.
— De hecho, sí— contesté, y mis palabras sólo llegaron a mi cerebro cuando ya habían salido por mi boca.
Jamás pensé que tendría el coraje de pedirle un deseo a la Muerte. Es más, jamás pensé que sería tan estúpida como para hacerlo: ¿qué le podía pedir? Me iba a morir igual. Nada de lo que pidiera ahora me iba a servir más de tres segundos. Me sorprendí intentando buscar maneras de escapar, y casi me decepcionó el ser tan imbécil como para creer que encontraría una manera de vencer a un ser atemporal. Ella era la Muerte, con mayúsculas, y yo alguien francamente mediocre hasta para estándares humanos. No destacaba por mi fuerza, ni por mi ingenio, ni por mi suerte. Si acaso, por…
— Quiero contarte una historia— dije, antes de poder arrepentirme. La Muerte ladeó la cabeza. Si tuviera cara, probablemente estaría arqueando una ceja. — Llevo mucho tiempo pensando en ella, y no quiero que cuando yo me vaya se quede conmigo. Se merece algo mejor.
Pareció pensárselo unos momentos. En ese momento se me ocurrió que probablemente fuera la primera vez que le pasara: la mayoría de personas pedirían para sí, para sus familias, para gente que les importara. Nadie pediría no sólo no recibir, sino poder darle algo al mismo ser que pronto se lo iba a arrebatar todo. Crucé los dedos, esperando haber picado su curiosidad.
— De acuerdo. Tienes hasta el amanecer.
Intenté no sonreír. Nunca se me había dado bien jugar al póker, se me notaban demasiado los faroles. Y la muerte no parecía un rival particularmente pequeño.
Comencé, como siempre, por el principio. Llevaba tantos meses acompañando a estos personajes en sus aventuras que conocía sus vidas casi tanto como la mía propia, si no más. No me fue difícil encontrar el hilo. Y, tal vez por la adrenalina de no querer morir, tal vez porque las efímeras palabras desaparecían en cuanto dejaba de decirlas y no podía juzgarlas con retrospectiva, las frases me salieron mejor que en cualquiera de los 5 borradores. Incluso hallé la forma de hilar un par de tramas por el camino. Entre escena y escena, allá cuando el protagonista estaba a punto de descubrir la verdad, eché un breve vistazo a la ventana, desde donde la persiana a medio bajar comenzaba poco a poco a filtrar claridad. Volví a mirar a mi interlocutora: estaba aferrada a mi almohada, tensa, inclinada hacia delante, como si por acercarse más fueran a salir antes mis palabras. Dándole la espalda a la ventana, ni siquiera reparó en que ya era de día.
— Vaya. Ya es la hora— dije. Me remangué la camisa y le ofrecí mi muñeca. Mis manos no temblaban tanto como me habría esperado. Una parte de mi esperaba que los nervios me traicionaran y se descubriera el pastel. La Muerte no me la tomó.
— ¿Qué pasó después?— preguntó, en su lugar.
— ¿Qué pasó con quién?
— Con el hombre. Y el collar. Y aquél niño.
Me sorprendió que preguntase por los detalles menores. No me preguntó por el dragón, ni por la bestia, ni por el emperador: me preguntó por los seres pequeños, que aparecían en los márgenes para cumplir un pequeño papel y no volver a ser vistos, los don nadies, los dispensables. Nunca pensé que la Muerte le tendría tanto aprecio a las cosas olvidadas. En ese momento decidí que me caía bien.
— No sabría decirte — contesté, tal vez la única parte que era verdad. — Todavía no tenía pensado. Esperaba que se resolviera a medida que avanzaba la trama.
— ¿Cómo?— preguntó, de nuevo. — Es tu historia, tienes que saber el final.
Alcé los hombros. Cayó el silencio, y me miré las uñas antes de lanzar otro pequeño vistazo en su dirección. Noté que no saberlo la irritaba. Acostumbrada a saber la fecha y hora exactas del final de la vida de todas las personas, de saber cómo acaba incluso antes de que empiece, una vida entera hecha interrogante debía de ser una gran molestia.
— Aún no lo tenía pensado. No he tenido tiempo.
La Muerte se quedó quieta unos segundos.
— ¿Cuánto necesitas?— preguntó, pero pronto se corrigió. — Te doy hasta esta noche. Esta noche, vuelvo a por ti, y a por mi final.
Y con eso, desapareció.
Ojalá poder decir que me pasé mi último día haciendo algo digno. Ojalá poder decir que aproveché para gritar todo lo que nunca pude, para mandar a la mierda a la gente que siempre quise, y decir lo que sentía a la gente que de verdad me importaba. Ojalá poder decir que pasé mis últimas horas en una barricada luchando por la libertad. Ojalá. Pero eso sería faltar a la verdad: lo cierto es que me quedé dormida, en la silla del escritorio, y para cuando me desperté y me duché, la Muerte estaba de nuevo allí.
Por suerte, mi imaginación no me deja en paz ni en sueños, y siempre se me ha dado bien inventar sobre la marcha. De nuevo, se sentó en el borde de mi cama, y de nuevo, desde la silla de mi escritorio, reanudé mi relato para mi inusual público. No me costó demasiado, si bien la garganta se me empezaba a quedar seca. Y, de nuevo, por supuesto, en el punto álgido del relato, volvió a salir el sol.
— ¿Y qué pasó después?— preguntó, una vez más.
— Lo siento, es la hora.
— Te doy un día más — me dijo, una noche más.
Duermo poco, últimamente. Mis amigos dicen que me ven cansada. Cada semana, alterno una excusa. No es como si les pudiera decir que cada noche le cuento un cuento a la Muerte, que cada amanecer la dejo sin final, y que está tan enganchada que día tras día me deja vivir sólo para poder escucharlo acabar. Es, probablemente, la mejor historia que podría haber contado, y es la única que no va a sonar real.
Tampoco puedo quejarme, porque no es mal trato: me queda vida mientras me queden historias que contar.
— M.
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