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Poesía guarra

jueves, 8 de agosto de 2019

Sé que ni la quieres,
ni la necesitas,
ni la mereces,
pero necesito escribirte
un poco de poesía guarra.

Poesía guarra, poesía sucia,
poesía con los bordes,
irregulares y desgajados;
poesía arrancada
con los dientes, de cuajo,
poesía desgarrada y arañada,
sobrevolada por carroñeros
buscando poder atacar.

Poesía infecta, poesía
que supura y apesta
a sangre y asco;
poesía vomitada
contra el cemento, proyectada
sobre el suelo en arcadas,
asquerosa, sanguinolenta,
hedionda, inmunda y muerta.



Ojalá y pudiera escribir
algo bonito, suave,
y dulce,
ojalá quitarme de la lengua
todo este sabor a hiel.

Pero abro la boca y salen
las moscas que me obstruyen
los pulmones;
el interior de mis
costillas huele a podrido,
y mi garganta desgarrada grita
y duele, y llora, y apenas puede
no ahogarse con el dolor que brota.

Ojalá y pudiera, de verdad
escribir algo lindo,
pero solo me salen
ya solo me quedan
estos versos de poesía guarra.

-          -- M.

Retrato Anónimo

lunes, 13 de mayo de 2019

Quiero pintarte a versos.
Quiero dibujarte a versos,
trazar con letras todos tus contornos,
cubrir de palabras tus sombras,
retratarte a estrofas,
inmortalizarte sobre el papel
como haría sobre un lienzo,
si pudiera, si supiera.

Ojalá escribirte, y que te leyeras,
y que vieras lo preciosa que eres
cuando yo te veo, amor,
cuando yo te veo.
Ojala trazaras con tus dedos
las frases de tu retrato en papel,
y sintieras las chispas que desprendes
cuando yo te siento, amor,
cuando yo te siento.
Ojalá te vieras, pura poesía
y te quisieras tanto, tanto,
como yo te quiero, amor,
como yo te quiero.

Ojalá la tinta hablara lo que
mis labios callan,
ojalá por el texto escapara
todo lo que mis costillas guardan.

Pero si te retratara, tendría que confesar
que son mis manos las que escriben,
y eso mi corazón no podría soportarlo.
Te comería a versos, te daría el mundo si pudiera,
pero un nombre, amor, es lo único
que me voy a guardar

- M.

El peso del mundo

domingo, 10 de junio de 2018

¿Sabrá el gorrioncillo
que se posa en el alféizar
que en sus patitas carga
el peso de mil ausencias?

¿Sabrá, al mover sus alitas
mientras picotea,
el huracán de recuerdos
que se levantan cuando aletea?

¿Sabrá que entre sus plumas guarda
resguardadas del frío, y de la pena,
la promesa de que la vida seguirá,
aunque quizás no aquí, donde sea?

¿Sabrá del dolor, de la tristeza,
cuando en los nublados días grises
le canta a la Primavera?

¿Sabrá el gorrioncillo, cuando levanta el vuelo,
que hay días en los que su frágil cuerpecillo
es lo único que sostiene el mundo?

Dulce Derrota Gris

domingo, 1 de abril de 2018


Yo te juro que no lo quería.
Caminé sola, con los pies descalzos,
perdiéndome casi sin querer querer.
Hice del hielo un hogar,
abracé el eterno Invierno como la inevitable consecuencia
de haber estado una sola vez bajo el sol;
gasté los besos que me quedaban en la nieve,
me acurruqué en el suelo,
y me resigné a resistir.
Yo te juro que no te quería aquí.

Era un plan sin fisuras.
Perderme, esconderme, cerrarme,
Y que la vida siguiera, si acaso, allá a lo lejos,
donde fuera, como fuera, sin mí.
Estaba tan cerca. Todo estaba bien atado.
La sangre fluía impulsada por la mecánica bomba de la rutina,
y el corazón, congelado,
podría estar intacto, forevermore.

Pero llegaste.
Cuando menos te quería,
Cuando más te necesitaba.
Mi Revolución de Octubre,
tiñendo de rojo el asfalto gris.

No había ningún palacio,
mi cuerpo era el Invierno,
así que me tomaste, entera, por asalto,
y, el corazón, asustado,
se olvidó de que tenía que dejar de latir.

Mi plan ha fracasado.
Ahora vuelve Bécquer, vuelve la poesía,
vuelve el cuaderno en el que brotan los versos
en el que apuñalo palabras porque es el papel, o explotar,
vuelve sentir, intensamente,
pese a todas las medidas que tomé para que no volviera a ocurrir.

Eres la llama que derrite mi derrota,
quemando todo lo que construí.
No te apagues nunca.






Frío

lunes, 19 de marzo de 2018


Salir a la calle una noche lluviosa.
Dejarte en casa el paraguas, aposta.
Andar, andar, andar, y que el viento lance gotas heladas
que se claven en la piel como cuchillas, como balas,
las afiladas garras del invierno desgarrando tu cara.
Que el agua se filtre y empape los calcetines
hasta que la piel se entumezca y el viaje parezca
caminar descalzo sobre el hielo, tundra eterna
sin redención a la vista, el calor no está
ni se le espera.
Y aún con eso, y por eso, seguir caminando.

Meter las manos en la nieve.
Hacer un hueco, y esconder las manos desnudas.
Que duela tanto, tanto, tanto, que llegue un punto
en el que deje de doler.
Pensar ‘podría dejarme las manos aquí’.
Pensar que realmente, nada salvo tu instinto impide
que te dejes las putas manos ahí, que la sangre deje de fluir
y el tejido muera, irrevocablemente, en la tumba blanca,
virgen, pura, inocente. Letal.
Que tus nervios aúllen en gritos mudos, pidiendo redención, piedad, ayuda, lo que sea.
Y aún con eso, y por eso, dejarlas ahí.

Tumbarse a la intemperie bajo una tormenta.
Y que todo duela.
Razón contra instinto,
ver quién de los dos aguanta más.

El calor es ruidoso.
El calor suda, el calor se pega,
a la ropa, a la piel, a todo lo que toca.
El calor molesta, incordia, jode, grita y chilla
para que no te olvides de que esta ahí.
El frío se enreda por entre tus piernas
como las ramas de la hiedra.
Poco a poco, grado a grado,
lento como el tiempo,
hasta que la mata es tan tupida que no deja pasar la luz.
El frío es el silencio.

Y yo siempre he sido de poco hablar.

Gana el Caos

sábado, 21 de octubre de 2017

La entropía total del Universo siempre va en aumento.
Debí haber supuesto que lo nuestro no podía durar.

La entropía total del Universo siempre va en aumento,
y bastante aguantamos ya, el tiempo que aguantamos
manteniendo aquello fijo, constante, en orden,
a costa de desordenar absolutamente todo lo demás.
¿Qué fuimos? Una bomba de entropía,  liberando
caos al mundo, quemando estrellas, arrasando Galaxias,
despreciando a todo y a todos para que aquello pudiera durar.
Debí haber sabido que era una batalla perdida.
Nuestro pequeño orden era una sólo bomba de relojería,
un regalo de despedida, cortesía de la vida,
para cuando la energía se acabara. Porque se iba a acabar.
Y es que había amor, joder si lo había,
pero entre el amor y el Universo, el Universo siempre gana:
nos desintegramos antes de saber que algo había salido mal.

La entropía total del Universo siempre va en aumento.
Debí haber supuesto que lo nuestro ya no tenía arreglo.

La entropía total del Universo siempre va en aumento,
pero a veces, con el suficiente apoyo energético
(y a costa, claro,  de desordenar todo lo demás)
algunos procesos irreversibles se pueden revertir.
Lo imposible, quemando estrellas, se podía cumplir.
Y eso era un sueño muy bonito.
Era tan bonito creer, tan bonito pensar,
que dejándome las rodillas contra el asfalto,
pinchándome los dedos con los añicos, tal vez, con tiempo,
pudiéramos pegarlos de nuevo.
Lo intenté. Me dejé las yemas en carne viva.
Yo quería agarrarlos, pero el dolor me estiraba la mano
y se deslizaban por entre mis dedos de nuevo al suelo,
Cuantos más cristales recogía, más se caían,
fragmentándose en pedazos más pequeños,
brillando como estrellas en el negro asfalto, riéndose de mi.
Pasó el tiempo, y lo único que conseguí es sangrar.
Porque lo que necesitaba era eso, tiempo,
y cuanto más tiempo, más procesos, más entropía,
y hay abismos que ya simplemente no se pueden salvar.
Entonces supe que podría haber quemado la Vía Láctea
haberte devuelto el corazón entero, reparado en oro,
y no me lo hubieras aceptado.
Tú entendiste esto antes que yo.

La entropía total del Universo siempre va en aumento.
Éramos orden, y ahora somos el caos que tanto quisimos evitar.
Nos va a costar recogernos. Yo no sé siquiera si lo quiero intentar.

— M.

La Soledad Debida

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Te echo de menos en las letras de Alex Turner
y porque sé que las odiabas, en las de Día Sexto también.
Te echo de menos en los vídeos monos de gatos,
y en los tweets estúpidos que sé que te harían reír.
Te echo de menos en las series que me guardabas,
las calles vacías que llenábamos de llamadas,
la rosa seca que los diccionarios me custodian,
y las Polaroid que he perdido para no buscar.

Echo de menos las aventuras,
echo de menos surcar el cielo,
echo de menos nuestras locuras,
desplegar las alas, y alzar el vuelo.

Pero más que lo que hicimos, tal vez,
lo que no pudimos hacer.
Más que lo que fuimos, quizás,
lo que pudimos llegar a ser.

Te echo de menos en los viajes que no hice,
los amigos que no llegaste a conocer.
Las tardes en Madrid que nunca pasamos,
y la cena en el hindú que no llegué a comer.
Te echo de menos en los rincones a los que no fuiste,
y los tuyos que yo no pude recorrer,
la manta y peli en las mañanas tristes,
los besos que guardé para cuando te volviera a ver.

Me arrepiento de tanto, de veras,
(pero, al mismo tiempo, no cambiaría nada).
Si acaso, más tiempo, una última prueba,
(pero, al mismo tiempo, no cambiaría nada).

— M.
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