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Frío

lunes, 19 de marzo de 2018


Salir a la calle una noche lluviosa.
Dejarte en casa el paraguas, aposta.
Andar, andar, andar, y que el viento lance gotas heladas
que se claven en la piel como cuchillas, como balas,
las afiladas garras del invierno desgarrando tu cara.
Que el agua se filtre y empape los calcetines
hasta que la piel se entumezca y el viaje parezca
caminar descalzo sobre el hielo, tundra eterna
sin redención a la vista, el calor no está
ni se le espera.
Y aún con eso, y por eso, seguir caminando.

Meter las manos en la nieve.
Hacer un hueco, y esconder las manos desnudas.
Que duela tanto, tanto, tanto, que llegue un punto
en el que deje de doler.
Pensar ‘podría dejarme las manos aquí’.
Pensar que realmente, nada salvo tu instinto impide
que te dejes las putas manos ahí, que la sangre deje de fluir
y el tejido muera, irrevocablemente, en la tumba blanca,
virgen, pura, inocente. Letal.
Que tus nervios aúllen en gritos mudos, pidiendo redención, piedad, ayuda, lo que sea.
Y aún con eso, y por eso, dejarlas ahí.

Tumbarse a la intemperie bajo una tormenta.
Y que todo duela.
Razón contra instinto,
ver quién de los dos aguanta más.

El calor es ruidoso.
El calor suda, el calor se pega,
a la ropa, a la piel, a todo lo que toca.
El calor molesta, incordia, jode, grita y chilla
para que no te olvides de que esta ahí.
El frío se enreda por entre tus piernas
como las ramas de la hiedra.
Poco a poco, grado a grado,
lento como el tiempo,
hasta que la mata es tan tupida que no deja pasar la luz.
El frío es el silencio.

Y yo siempre he sido de poco hablar.

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