SLIDER

Sobre ti

(La primera descripción que hice, hace mucho, mucho tiempo... Traducido del inglés, que fue la lengua original en la que lo escribí)

He estudiado Astronomía. He aprendido que, en la infinita inmensidad del Universo, no somos más que una mera mota de polvo. Que en sus miles de millones de años de existencia nuestras vidas, por largas que parezcan a nuestros mortales ojos, no son más que un segundo. Que imperios han caído en lo que dura un parpadeo. Pero los átomos que nos forman son eternos. Antes de que fuéramos tan siquiera una promesa, una idea, esas partículas se forjaron en el corazón de una Supernova. Y cuando muramos, esos átomos caerán al suelo, hasta que un pequeño microorganismo los recoja, y la vida continúe. No somos nadie.

También he estudiado Biología. He aprendido que hay un mundo entero dentro de nosotros. Que somos el hogar de tantas células, tantos organismos que ni siquiera llevan nuestro ADN, y aun así, para ellos, somos todo, su Universo, todo lo que conocen y jamás conocerán. Que hay tantos procesos que están dando lugar en este momento, con tantas pequeñas vidas en juego… que somos tan complejos y  tan inmensos.  Que somos descomunales, infinitos. Que lo somos todo.

Y me costaba comprender aquello, que mi cerebro procesara y por fin entendiera como algo minúsculo puede ser gigante, como una pequeña mota de polvo podía guardar el infinito dentro de sí.

Y entonces, nos conocimos.

En el gran esquema de las cosas, es alguien tan pequeño… y sin embargo, puedo jurar que tiene galaxias enteras pintadas sobre su piel. Estrellas y constelaciones que no me cansaría de recorrer, de observar con la misma devoción y asombro con el que se mira a las noches estrelladas. Y cuando lo haces, cuanto está oscuro, y hace frío, y te sientas sobre la hierba y miras arriba -miras abajo- y frente a tus ojos se halla Orión y te preguntas cuántos años luz te separan de él -cuando miras las pecas de su nariz y te preguntas si algún día reunirás el valor de saltar los meros centímetros que te separan de ella- te parecen tan grandes. Y tú tan pequeña. Y lo quieres capturar con tu cámara, con la esperanza de poder robar un poco de esa belleza para ti, pero sabes que no tienes el talento, la habilidad, y casi parece una blasfemia relegar tal escena a una mera foto borrosa. Así que te quedas sin palabras, porque, de repente, te sientes tan pequeña. Tan limitada. Tan mortal. Y frente a ti, la inmensidad. El infinito.

Pero sé que su cuerpo es finito. Lo sé, sé que si me pusiera a contar todas y cada una de las células que lo forman, cada átomo, algún día acabaría, un día encontraría el número y ahí estaría. Y mi trabajo acabaría. Pero, por suerte, la ciencia está de mi lado en esto, y conozco a Georg Cantor, y se que hay infinitos números entre el 2 y el 3, y entre el 2,1 y el 2,2 , y entre el 2,11 y el 2,12… y eso me hace respirar tranquila, saber que se puede sacar el infinito de lo finito, y mi pobre cerebro no se rompe intentando explicar por qué me pierdo tanto en sus ojos azules. No creo que a Cantor le importe, pero le doy las gracias por demostrarme que el Infinito cabe en un solo cuerpo.

Es un ser humano. Es una persona, como yo, como los 8 mil millones de personas que pueblan esta tierra, los miles de millones que la recorrieron antes de nosotros, y los miles de millones que vendrán. Sus átomos son los mismos que los míos, el mismo Carbono, el mismo Oxígeno, el mismo Hidrógeno. Pero, cuando yo me miro al espejo, solo me veo a mi, y cuando le veo, juro que puedo ver las estrellas y galaxias de las que esos átomos vinieron. Comparte el 99% de su ADN con cualquier otro humano, pero es su risa la que desencadena una reacción en mi que ninguna terremoto podría igualar. Es su voz la que quiero oír, su cara la que hace que mi corazón se sienta muy grande y mi pecho muy pequeño. E intento respirar hondo, pero todo el oxígeno de la atmósfera no sería suficiente. Es un humano, y en la historia del Todo no es más que una mota de polvo, pero para mí significa más que un millón de sistemas planetarios y toda la materia que puedan contener.

He estudiado ciencia. Y puedo nombrar todos los compuestos químicos que toman parte en el proceso de la felicidad, del amor, nombrar la formula exacta de la sustancia que me causa mariposas en el estómago, que hace que mi corazón lata y me quede sin aire, pero, por mucho que lo intente, no puedo decir qué parte concreta es la que desencadena eso en mi. 


O, a lo mejor son demasiadas cosas, demasiados pequeños detalles, y si nunca me atrevería a intentar contar todas las estrellas del Universo, ¿por qué debería intentar nombrar todos sus detalles, de mi prueba viviente de que los humanos tenemos el Universo dentro de nosotros?

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