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Los versos que me quedan por dar

Hacía mucho que no te escribía. Volver a pensarte en palabras se me hace extraño, ajeno, como reencontrarte con un viejo amigo y tener que buscar un tema de conversación que no haya muerto ya, mientras recuerdas la facilidad con la que antes salían las frases, las historias, cómo podías pasarte horas y horas hablando de todo y de nada…

Yo solía escribirte tanto, antes… ¿Recuerdas el libro que te regalé, aquél cumpleaños, lleno de poemas sobre el Universo y las estrellas y de cómo me sentía al mirarte — hechizada, absorta, maravillada— y de cómo para mí Andrómeda y todas las galaxias palidecían en comparación? Yo recuerdo que lloraste, la primera vez que te describí. Y yo me sentí culpable, en parte, por haberte hecho llorar; pero orgullosa, también, de que mis humildes palabras hubieran calado tan hondo, de poder hacerte entender lo mucho que significabas para mí. Ha pasado tanto tiempo desde entonces…

Me acostumbré a ti, supongo. Pasé tanto tiempo a tu lado que me acostumbré a las vistas, y dejé de quedarme ensimismada, las vistas que antes ocupaban el centro quedaron relegadas a una esquina de mi visión mientras yo me dedicaba a otra cosa. Como aquél que viaja todos los meses en avión, y con el tiempo deja de mirar por la ventanilla, deja de pensar en lo maravilloso que es surcar el cielo por encima de las nubes, de ver la salida y la puesta de sol, de ver el mundo hecho pequeño, y corre la persiana porque no le deja dormir. El tiempo tiene esa manera de convertir la magia a mera cotidianidad. Lo que antes era Navidad pasa a ser un simple jueves, y lo que te hacía dar gracias cada noches pasa a darse por sentado.

Debí haberte escrito más. Sé que te gustaba que te pintara con palabras, poder ver tu reflejo hecho de versos, ver que alguien pensaba en ti no como ser humano pequeño, sino como Universo inmenso… y, tal vez más que la poética grandilocuencia de creerte pura magia, simplemente te gustaba saber que yo estaba pensando en ti.

Me arrepiento, te juro que me arrepiento, de no haberte hecho sentirte magia durante más tiempo. No hay segundo que no me lamente de no haberte apreciado mejor, haberte relegado a una vista cotidiana, no haberte escrito más. Un libro no, cientos te merecías, una biblioteca entera consagrada a ti. Te merecías poemas buenos, poesía real, de los que pasan a la historia, de los que se escriben ensayos y de los que la gente copia en los márgenes de los cuadernos porque transmiten todo aquello que su propio corazón no sabe expresar. Te merecías todo.

Tuve pocas oportunidades de comerte a besos. Simplemente, no se pudo hacer nada.
Pero de comerte a versos, tuve muchas más, y he de admitir que no las aproveché tanto como debería.

Ya es tarde para los besos. Y también para los versos, seguro, pero qué cruel ironía…ahora es cuando la inspiración vuelve a aflorar. Y en mi cabeza se agolpan palabras, frases, párrafos y rimas, todas las que en su momento pensé pero estaba demasiado ocupada disfrutando del hecho de existir junto a ti como para pararme a plasmarlas por escrito. Ahora, precisamente, ahora que ya no las vas a leer, ahora que ya no te interesan, ahora es cuando salen, es ahora y no antes cuando mis dedos corren por el teclado, y el rítmico clac-clac parece burlarse de mí porque sabe que ya, a estas alturas, llegan tarde, llegan mal, caen a la nada. ¿De qué te sirve ahora? Parece decir, y yo sigo escribiendo porque la verdad es que no sé que contestar.

Es un 10% por orgullo, un 20 por la literatura, y un 90% por autotortura que estoy escribiendo esto. Porque las palabras no tienen culpa y siguen mereciendo ser escritas, porque no quiero dejar un trabajo a medias, pero sobre todo porque seguir pensando en ti es un dolor punzante y agudo que me ayuda a recordar que aún puedo sentir algo. Aunque tal vez deba arañar un pequeño porcentaje de lo destinado al orgullo, y hacer de esto una fábula, dejando una moraleja. Sobre cómo no dar a nadie por sentado, sobre transmitir día a día lo que sientes, o tal vez para la siguiente persona que admitas a tu lado, para que te dé el doble y compense lo que yo no pude o quise dar…

Pero poner una moraleja sería conceder que es el final.  Y yo aún necesito seguir escribiendo, dejar abierta la válvula de escape por la que sale la presión que hay en mi cabeza. Aunque ya no sirva, aunque sea tarde, aunque todavía duela. Más, si acaso, por eso. Hasta que deje de doler.

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